Volver a ser principiante
Hay una edad en la que dejamos de aprender cosas nuevas. Porque nos incomoda no entender.
Cuando éramos niños no nos molestaba no saber. Preguntábamos por qué el cielo es azul, cómo vuelan los aviones o por qué la luna nos sigue cuando vamos en el carro. Cinco minutos después estábamos haciendo una pregunta completamente distinta. No parecía importar demasiado no entenderlo todo.
Los adultos somos distintos. Hay un momento de la vida en el que empezamos a evitar todo lo que nos hace sentir principiantes. Nos gusta movernos en los lugares donde entendemos el lenguaje, donde tenemos respuestas y donde sabemos qué decir cuando alguien nos hace una pregunta. Sin darnos cuenta, dejamos de entrar en conversaciones donde todavía no entendemos casi nada.
Sin embargo me han interesado los temas nuevos, aunque muchas veces suelo quedarme en los territorios que me resultan familiares. Mi trabajo me ha permitido entrar en mundos distintos: el diseño, la moda, el arte, la arquitectura, los viajes, las marcas y las personas que están detrás de ellas. Gran parte de mi curiosidad ha nacido ahí.
Hasta que aparecieron las inversiones. Por primera vez sentí que estaba entrando en un territorio completamente ajeno al mío.
Me intrigaban muchísimo, pero también me parecían lejanas y difíciles de entender. Mi cabeza estaba acostumbrada a otras conversaciones. En cambio, cuando alguien empezaba a hablar de Bitcoin, mercados, criptomonedas o empresas tecnológicas, sentía que me estaban describiendo algo que existía en un idioma que yo todavía no hablaba.
Recuerdo perfectamente esa sensación: estar sentada con un grupo de personas, escucharlas conversar con absoluta naturalidad y pensar que debía existir un manual que todos habían leído menos yo.
Hace más o menos dos años, unos amigos me invitaron a hacer parte de 10AM. Muchos vienen del mundo de la ingeniería, la economía, la tecnología y las inversiones. Personas demasiado brillantes con las que me pasa algo: termino de leerlas o escucharlas con más preguntas de las que tenía cuando empecé.
Cada día comparten artículos, análisis, tesis de inversión, discusiones sobre empresas y conversaciones que, para ser completamente honesta, muchas veces apenas entendía y muchas veces sigo intentando entender. Leía un artículo y aparecían siglas que no conocía. Buscaba una y terminaba necesitando entender las otras para volver al punto de partida.
Recuerdo cerrar el computador algunos días pensando algo muy simple: “No entendí casi nada”. Al día siguiente volvía a abrir otro artículo.
Durante un tiempo pensé que quizá ese mundo simplemente no era para mí. Creo que esa es una de las mentiras más silenciosas que nos contamos los adultos. Pensamos que hay temas reservados para cierto tipo de personas: los números para los economistas, la filosofía para los académicos, la tecnología para los ingenieros, las inversiones para los financieros. Como si la curiosidad tuviera dueños.
En lugar de alejarme, hice algo muy propio de esta época. Construí una herramienta para aprender. Creé un agente al que empecé a pasarle artículos que me parecían imposibles. Le pedía que me explicara conceptos sin asumir que yo ya conocía el contexto, que tradujera las siglas y me ayudara a entender por qué una empresa era interesante o qué quería decir realmente un análisis. Después volvía al texto original y, de repente, entendía un poco más. Ese “un poco más” se fue acumulando.
Empecé a hacer algo que antes me daba pena: preguntar. Llamar a un amigo para entender una empresa, escribirle a otro para que me ayudara con mi primera compra en un Broker, admitir que no veía lo que otros ya veían.
Nunca sentí que una pregunta fuera demasiado básica. Todo lo contrario. Siempre encontré personas generosas dispuestas a compartir lo que sabían.
Poco a poco hice mi primera inversión. Después otra. Y empecé a reservar parte de mis domingos para leer por gusto. Me gusta pensar que los domingos también sirven para eso: para alimentar la cabeza con cosas que todavía no sabemos. Algunas semanas termino con más preguntas que respuestas.
Y sin darme cuenta, algo cambió. Ya no estaba leyendo únicamente para entender inversiones. Estaba entrenando una forma distinta de pensar.
Durante años pensé que el cerebro se parecía más a una biblioteca: un lugar donde uno acumula información. Hoy me inclino más por pensar que se parece a un músculo. Mientras más lo obligamos a entrar en lugares desconocidos, más posibilidades tiene de seguir cambiando.
Quizá una parte importante de crecer consiste precisamente en eso: no permitir que nuestras curiosidades envejezcan antes que nosotros.
Hace unos días viajé a las Islas Canarias por trabajo. Después de un vuelo largo desde Colombia hice escala en Madrid y tomé el último avión. La persona que se sentó a mi lado empezó a conversar conmigo. No recuerdo cómo llegamos al tema. Solo recuerdo que, en algún momento, empezamos a hablar de inversiones.
Hablamos durante todo el vuelo de empresas, criptomonedas, inteligencia artificial, mercados, ideas e hipótesis. La conversación fue tan natural que no pensé demasiado en ella mientras estaba ocurriendo.
Fue después, mientras esperaba la maleta, cuando pensé: “Acabas de pasar casi tres horas hablando de inversiones con un desconocido”.
Y me reí.
Me falta muchísimo por aprender. Todavía hay conversaciones que me obligan a investigar durante horas y conceptos que no entiendo. Pero ya no siento que ese sea un mundo ajeno.
Ya entré.
Ahora ocurre algo que jamás habría imaginado. Amigos del mundo creativo —diseñadores, chefs, artistas y actores— empezaron a llamarme para preguntarme por dónde podían empezar. La primera vez me dio risa.
¿A mí?
Si hace un año era yo la que no entendía nada.
Y ahí entendí algo que va mucho más allá de las inversiones. Una mirada también se construye cuando uno se atreve a entrar en territorios donde todavía no entiende el lenguaje.
Aprender no siempre consiste en sumar información. A veces también obliga a revisar la idea que uno tiene de sí mismo.
Durante mucho tiempo pensé que las inversiones eran para otro tipo de personas. Hoy sigo sintiéndome principiante. Y eso ya no me incomoda.
Creo que una de las mejores decisiones que he tomado en el último año no fue abrir un portafolio de inversión. Fue volver a ser principiante: sentarme en una mesa donde no entendía casi nada y decidir quedarme el tiempo suficiente para empezar a entender.
Todavía no sé si algún día llegaré a entenderlo todo. Lo que sí sé es que ya no me interesa volver a ser la persona que se levantaba demasiado pronto de la mesa.
Hay conversaciones que merecen que uno se quede un poco más.
P.D
Y como a veces la curiosidad también trae beneficios inesperados: llegar a 10AM fue precisamente lo que me abrió la puerta a este mundo y, con el tiempo, terminé siendo parte de él.
El próximo 14 de octubre será El Día D en Medellín: un día entero para hacer algo que, como ya saben, me encanta: alimentar la cabeza. Inversiones, tecnología, inteligencia artificial, empresas, energía, longevidad y muchas personas que saben muchísimo de estos temas reunidas alrededor de una misma conversación.
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Acá les dejo. El DIA D

