LA VIDA NO TIENE REEMBOLSO
Hay decisiones que no se repiten, momentos que pasan una sola vez y personas que llegan para algo.
Hace poco estuve en el taller de una artista en Medellín. Abrió la puerta y me quedé quieta. Me detuve por lo que había, veía, y por cómo se sentía el lugar. Habían obras, libros, papeles, pruebas, colores, cosas terminadas, empezadas y otras a medio camino, y a pesar del aparente desorden, todo hacia sentido. Se sentía trabajado, vivido, usado. Nos mostró lo que estaba haciendo y lo que todavía no estaba listo. Eso fue lo que más me gustó. Ver el proceso siempre dice más que ver el resultado. Después nos sentamos a tomar café y la conversación se fue dando. En algún momento dijo algo que no parecía importante en ese instante, pero se me quedó. Su abuela tiene 101 años y les repite todo el tiempo que a todo digan que sí, que la vida es muy corta y hay que vivirla. 101 años. Y aun así le parece corta.
Salí de ahí pensando en eso más de lo que esperaba. No como una frase bonita, sino mas bien como algo que incomoda un poco. Porque uno vive como si hubiera tiempo para todo, como si lo importante pudiera moverse, como si lo que no pasa hoy fuera a pasar después. Y no siempre pasa. Hay cosas que no se repiten, porque cambia o simplemente terminan.
Desde ese día algo se me movió. No fue inmediato ni dramático, fue más sutil. Empecé a notar en qué momentos realmente estaba y en cuáles no. Hay días que uno atraviesa casi en automático, haciendo lo que toca, respondiendo, resolviendo, pasando de una cosa a otra sin detenerse mucho. Y hay otros en los que, por alguna razón, todo se siente más presente. No necesariamente pasa algo grande. A veces es una conversación, una caminada, un silencio que no incomoda. Pero cambia la forma en la que uno está ahí. El tiempo no corre igual. No pesa igual. Y eso no depende del plan sino de la atención. Empiezo a ver que no todos los días cuentan de la misma manera. Algunos pasan y ya. Otros se quedan, aunque no haya nada extraordinario que contar. Y ahí es donde algo se ordena distinto por dentro, porque la vida deja de medirse en lo que se hizo y empieza a sentirse en lo que realmente se vivió. Y deja de organizarse en listas o en logros y empieza a organizarse en recuerdos. Recuerdos que siguen una lógica emocional.
En este proceso también he tratado de cambiar la forma en la que veo a las personas. Antes me importaba más cuánto duraban las relaciones, hoy me importa más cómo se sienten mientras existen. Hay gente con la que todo es fácil, no hay que explicar tanto, no hay que sostener conversaciones, no hay que pensar qué decir. Y hay gente con la que pasa lo contrario, no hay conflicto pero hay peso. Eso también dice algo. No todas las personas llegan para quedarse. Algunas llegan en el momento exacto, encajan ahí y ya. Lo que dejan es lo importante. He visto relaciones largas que no dicen mucho y momentos cortos que cambian algo por dentro. Ahí entendí que la duración no define la importancia. Rodearse de personas que cambian la energía no es casualidad. Es una decisión que uno va afinando con el tiempo. Y también lo es irse cuando algo deja de sentirse bien, y o te están quitando tu paz.
Hay decisiones que no salen bien, planes que no funcionan, personas que no eran. Igual prefiero eso. Hay cosas que no repetiría, pero no me arrepiento de haberlas vivido. Lo que no se vive se queda más tiempo dando vueltas, se vuelve duda. Siempre he pensado que todo hay que hacerlo bien, elegir bien, no equivocarse, no perder tiempo. Pero hay algo que no aparece cuando todo está bajo control. Sin riesgo no hay historia. Y la vida, cuando uno la mira hacia atrás, no se ordena por lo que salió perfecto, se ordena por lo que dejó algo. Las decisiones que más recuerdo no fueron las más seguras, fueron las que no estaban del todo resueltas, las que tenían algo de incertidumbre, las que no estaban en el plan. Ahí es donde pasa algo.
Hay algo que también aprendí, aunque no me hubiera gustado aprenderlo así. Hay personas que no llegan a sumar, llegan a mostrarte hasta dónde estás dispuesta a dar sin medida. Y eso, al principio, se siente como conexión. Después se entiende distinto. No todo lo que se siente intenso es profundo. A veces solo es desorden. Y quedarse ahí un tiempo también enseña. No por lo que recibes, sino por lo que permites. Hay personas que confunden intensidad con valor. Entregar sin medida no siempre es generosidad, a veces es falta de límite. Y entender eso a tiempo cambia todo. No todo el mundo merece acceso a todo lo que uno es.
También he pensado mucho en eso de coincidir. Hay algo más que he estado pensando estos días. En un video que un amigo me mandó, y se me quedó dando vueltas más de lo normal. Decía algo simple: cuando uno es joven cree que va a conectar con muchas personas, que esos encuentros se repiten, que siempre habrá otra conversación igual de buena, otra energía parecida, otra persona con la que todo fluya así. Y con el tiempo uno se da cuenta de que no es tan así. No pasa tantas veces.
Y eso cambia todo.
Porque entonces ya no da tan igual con quién se está, ni cómo se está. Empieza a importar más reconocer cuándo algo sí está pasando, cuándo hay conexión de verdad, cuándo alguien llega y mueve algo distinto. No para aferrarse, sino para verlo. Para no pasarlo por alto como si fuera algo más.
Hay encuentros que no se repiten. No porque desaparezcan las personas, sino porque ese momento, esa versión de uno, esa forma de coincidir… no vuelve igual.
Compartir un espacio no significa encontrarse. Coincidir es otra cosa. Es cuando la conversación no se empuja, cuando no hay que explicarse tanto, cuando hay una sensación de familiaridad sin historia. Eso no pasa con todo el mundo. Y cuando pasa, cambia todo lo demás. Hay gente que llega y todo se siente más tranquilo, más claro, más fácil. Eso no es menor. A veces ver algo que se quisiera vivir. Se puede mirar sin incomodidad, incluso con gusto. Celebrar con antojo la felicidad del otro también es una forma de entenderse.
Pensar bonito se vuelve una forma de moverse. Porque decides desde otro lugar, desde lo que suma, desde lo que tiene sentido aunque no siempre sea lógico. La vida es ahora, pero no como idea, como práctica. Porque el ahora no se guarda, pasa. Y muchas veces no estamos ahí. Estamos en lo que sigue, en lo que falta, en lo que todavía no pasa. Y mientras tanto, se va lo que sí estaba. Sacarle sabor a lo simple también se aprende. Un vino, una conversación, una caminada. Nada extraordinario, pero suficiente. La vida es magia cuando se combinan los amigos y el vino, no por el vino sino por lo que pasa alrededor. Por esa sensación de no querer irse todavía.
Quiero vivir bailando y bailar para seguir viviendo, no como una idea bonita sino como una forma de estar. Más suelta, más presente. Ser un buen recuerdo en la vida de alguien empieza a tener más peso. Por lo que se deja. Hay personas que no siguen, pero no se van del todo. Se quedan en ciertas formas de ver, en ciertas decisiones, en ciertas memorias. Quienes dejaron algo en la vida de uno no desaparecen, cambian de lugar.
Somos instantes, momentos, experiencias. Nada de eso se guarda, nada se repite igual. Y ahí está el valor. No en que dure, en que pase.
Hay días que pasan y hay días que se quedan.
Y también hay personas que muestran dónde sí vale la pena quedarse.
Pensando bonito se vive delicioso.







La vida no tiene reembolso, la vida se vive en suspiros