Coincidir no es conectar
Sobre las cosas que no decimos, las palabras que borramos y el impacto silencioso que a veces tienen las ideas pequeñas.
Hay algo que me quedó dando vueltas después de un almuerzo que tuve la semana pasada.
De esos almuerzos que empiezan tranquilos y terminan convirtiéndose en sobremesa, conversaciones y horas que uno ni siente pasar. A mí me gustan mucho esas mesas, como lo conté en el Substack Los amigos alargan la vida.
Las mesas largas.
La gente que sabe quedarse.
Las conversaciones que lentamente empiezan a volverse profundas cuando ya nadie está mirando el reloj.
Aunque la verdad, suelo ser más bien callada. Reservada. Un poco seria también. Porque muchas veces me gusta guardar mis pensamientos más de lo normal.
Pero después de dos copas de vino suele aparecer otra versión mía. Más conversadora. Más espontánea. Más abierta.
Y en medio de esa conversación terminé diciéndole a alguien que admiro que me encanta lo que hace. Su humor, su manera de pensar, de hablar, de compartir ideas, incluso la forma en la que enseña ciertas cosas. Le dije (medio en chiste, medio en serio) que podía ser perfectamente la presidenta de su club de fans.
Y al otro día pensé:
qué vergüenza.
¿Por qué dije todo eso?
Porque uno siente pena después de decir algo bonito que realmente piensa de la gente que conoce o no conoce.
Y después pensé algo todavía más: es curioso necesitar dos copas de vino para decir algo genuino que ya sentía desde antes.
Porque además era verdad.
Y ahí entendí algo que llevo varios días pensando.
Creo que muchas veces retenemos admiración, afecto, gratitud o incluso comentarios sencillos por miedo a parecer intensos, ridículos o demasiado emocionales. Como si mostrar entusiasmo genuino por alguien fuera algo incómodo.
Y creo que eso está pasando muchísimo.
Nos acostumbramos a consumir la vida de otros en silencio. A leer. A mirar. A seguir personas. A admirarlas incluso. Pero cada vez nos cuesta más acercarnos.
Decir:
“esto que haces me gusta.”
“esto que escribiste me llegó.”
“pensé en ti.”
“gracias por compartir eso.”
Pareciera que mostrar entusiasmo real hubiera perdido sofisticación.
Hay una especie de síndrome del impostor colectivo donde dudamos antes de acercarse, escribir, comentar o compartir algo. Como si existiera miedo constante a ocupar demasiado espacio emocional.
Ya terminando el almuerzo, alguien se me acercó para hablarme de una frase que escribí en uno de mis Substacks.
Me dijo que había querido responderme. Que incluso había escrito algo y luego lo borró. Y que finalmente prefirió decírmelo en persona.
Y eso me impactó más de lo que esa persona probablemente imagina.
Primero, porque entendí que el síndrome del impostor existe en ambos lados.
En el que escribe.
Y también en el que quiere acercarse, comentar, compartir o decir algo bonito y termina pensando que quizá no es tan importante hacerlo.
Pero además había algo más.
Yo ya seguía a esa persona. Ya la leía. Ya me interesaba lo que pensaba. Y de repente entendí algo al mismo tiempo: muchas veces estamos acompañándonos mutuamente en silencio sin saberlo.
Todos creyendo que estamos hablando solos.
Todos creyendo que lo que decimos es demasiado pequeño.
Todos minimizando el impacto que podemos tener en alguien más.
Y sin embargo, muchas veces un comentario, un mensaje, un compartir, una conversación inesperada o incluso un simple “me gustó esto que escribiste” terminan teniendo mucho más impacto del que imaginamos.
Pensé también en la cantidad de mensajes que uno escribe y borra.
Los comentarios que nunca publica.
Las conversaciones que nunca empieza.
Las personas a las que nunca les dice algo bonito porque siente que puede sonar exagerado, intenso o fuera de lugar.
Y quizá estamos todos un poco cansados de aparentar distancia emocional todo el tiempo.
Porque además internet tiene algo.
Puede sentirse superficial, ruidoso y agotador muchas veces. Pero al mismo tiempo también permite algo muy humano: personas completamente distintas encontrándose alrededor de una idea, una frase o una sensación compartida.
Simplemente desde decir algo verdadero.
La verdad, nunca empecé a escribir pensando en suscriptores, alcance o en cobrar una membresía.
Empecé a escribir porque necesitaba sacar ciertas ideas de mi cabeza.
Y después entendí: muchas veces eso que uno cree pequeño o irrelevante termina acompañando a alguien más.
Textos que pensé que eran demasiado simples terminaron llegando a personas que jamás imaginé. A veces incluso los textos más suaves son los que más conversación generan después. No necesariamente porque sean los más brillantes, sino porque alguien necesitaba exactamente eso en ese momento.
Un pequeño airecito.
No todo tiene que cambiarte la vida.
No todo tiene que ser brillante.
No todo tiene que ser una tesis.
No todo tiene que impresionar.
A veces simplemente acompaña.
Y creo que ahí está la diferencia entre coincidir y conectar.
Coincidir puede ser tener gustos parecidos, referencias parecidas, incluso formas de pensar parecidas.
Pero conectar es otra cosa.
Conectar es sentir que alguien puso en palabras algo que uno no sabía explicar.
Es sentir alivio.
Es sentir cercanía sin esfuerzo.
Es sentir un pequeño fresquito.
Y quizá deberíamos guardarnos menos cosas.
El mensaje bonito.
La admiración.
El comentario.
La frase.
El “me gustó esto que hiciste”.
El “esto me ayudó”.
El “pensé en ti cuando leí esto”.
Porque hay cosas que parecen pequeñas hasta que le llegan a la persona correcta.
Y porque al final es muy diferente coincidir que conectar.


Tremenda reflexión ✨. Hace poco escuché que arriesgarse es la mejor demostración que seguimos vivos. Ojalá no nos quedáramos con nada bonito por decirle al otro, en esas palabras está la magia de la vida. Graciasss por escribir ✏️